—Nunca se me ha ocurrido semejante idea—respondió con la mayor serenidad doña Sabina. Pero tornándose luego hosca y altanera, preguntó á su vez:—Y ¿por qué se me había de ocurrir?

—¿Por qué? Porque es una idea muy puesta en razón.

—Una idea como tuya, y nada más.

—Una idea que puede realizarse á la hora menos pensada.

—¡En tu casa! ¿Es ella, por ventura, de apariencia? ¿Somos nosotros ricos de pega, ó de ayer acá? ¿No es tu fortuna la primera del pueblo?

—Pero las fortunas se quebrantan... y se concluyen.

—¡No la tuya!

—Como otra cualquiera, Sabina.

—Pero aunque eso sea, ¿por qué quieres, así tan de repente, que me ponga yo á meditar sobre ese ridículo tema?

—Porque es indispensable, no solamente que medites, sino también que ajustes tu conducta á esa meditación.