—¿Estás loco, Serapio?
—¡Ojalá lo estuviera!
—Pero ¿qué sucede?
—Que esos temores están á punto de ser un hecho, Sabina.
—¡Jesús nos ampare!
—Y que si no pones coto á tus despilfarros, y acaso aunque le pongas, antes de seis meses me presento...
—¡Acaba!
—En quiebra.
—¡Imposible!—gritó doña Sabina en un arrebato de soberbia.—Tu casa no puede quebrar... Yo no puedo dejar de ser rica... Yo no puedo reducirme á las estrecheces de una mujer cualquiera... Tú tienes obligación ¡entiéndelo bien! de vencer todas las dificultades que se opongan al brillo de tu familia.
—He aquí el fruto de mis contemplaciones... He aquí bien patente la mano de Dios,—exclamó el desdichado comerciante dejando caer su cabeza sobre el pecho.