—Pero ¿y el mundo? ¿Qué dirá el mundo si nos ve caer de tan alto?—insistió la soberbia mujer, mirando como una fiera á su marido.

—¡Ahora te acuerdas del mundo!... ¡ahora le temes? ¿Por qué no le temiste antes? ¿Por qué te dejaste seducir por él?

—¿Serás capaz también de echarme la culpa de tus torpezas?

—¡De mis torpezas!

—¡Sí, de tus torpezas!... Una mala dirección, una inteligencia tan... tan estúpida como la tuya, son siempre la causa de los malos negocios; no los miserables gastos de una pobre mujer, esclava de sus deberes.

Y la insensata lloraba de ira.

—¡Mientes!—gritó fuera de sí el manso don Serapio, oyéndose tratar con tan negra injusticia.—Los azares de la suerte las menos veces, y las más el constante, espantoso saqueo que has estado haciendo en mi caja, han sido la causa del desastre... ó pueden llegar á serlo, si mis temores, bien fundados, se realizan.

—¿Luego todavía no ha llegado ese caso?—exclamó anhelante y menos ensoberbecida ya doña Sabina.—Quizá podrá evitarse...

—Pues ¿qué estoy diciéndote, mujer diabólica?

—Y ¿crees tú—prosiguió ésta sin darse por entendida del piropo,—que con alguna economía en casa?...