—Me tienen ya sin cuidado tus furores. ¡Ojalá me hubiera pagado siempre de ellos lo que me pago en este instante!
—¡Éstos son los hombres honrados!—exclamó aquí doña Sabina, llorando, no sé si de despecho ó de dolor.—Crueles, sin corazón, cuando nos ven agobiadas por la desgracia.
—Estos martirios, Sabina, no los damos los hombres. Suelen venir de más alto. ¡Harto será que en esta ruda prueba no estemos pagando todos el mayor de tus pecados y la más indigna de todas mis debilidades!
—¿Qué pecado tan horrendo puedo haber cometido yo que merezca el infamante castigo de ser pobre?—rugió doña Sabina en un arrebato de desesperación.
—Muchos—le replicó don Serapio indignado:—por de pronto, el de la soberbia que te dicta esas palabras insensatas, y después, el de arrojar de tu casa inicuamente á mi pobre sobrino, porque no era rico y estorbaba á tus planes.
—¿Por qué lo consentiste?
—Ése es precisamente el pecado de mi debilidad, pecado que, con el tuyo, ha traído el desastre sobre mi casa. Ésta es la verdad. Cuida ahora de no perderla de vista si hemos de evitar mayores desventuras.
Dicho esto, salió don Serapio y cayó su señora en un estupor casi de idiota, del cual no volvió sino para meterse en la cama y pasarse en ella dos días, alimentándose el alma con haraposas visiones, y el cuerpo con tisanas.
VII
Por aquel entonces había llegado al pueblo, como un aerolito, sin saberse de dónde ni por dónde, un personaje que, por más de un concepto, estaba siendo el tema obligado de todas las conversaciones y el objeto de la conversación de todos los círculos, tertulias y corrillos de la ciudad.