Calcúlese ahora la sensación que estaría causando su presencia en medio de una sociedad cuyos miembros más legítimos eran las mujeres como la perínclita doña Sabina.

Por de pronto se abonó el teatro hasta los topes, aunque representaba en él una perversa compañía; el mismo teatro que jamás se vió lleno, ni por mostrar en su escenario las más ilustres celebridades del arte; pobláronse los paseos públicos aun en los días en que no era de moda asistir á ellos, y hasta hubo amagos de declarar también de moda la misa de cierta hora en determinada iglesia; pero se supo luego que don Romualdo no asistía á ella... ni á otra tampoco, y en este particular siguieron las cosas como estaban.

VIII

En esta ocasión fué cuando se le dijo á doña Sabina, que estaba, de oídas, al tanto de los acontecimientos, «haz economías», ó lo que es igual, «no más teatro diario, no más competencias de lujo en los paseos». Esto no podía ser en tales circunstancias. Era preciso hacer un esfuerzo. Cuando menos, una escapadita al teatro, de vez en cuando, y tal cual exhibición en el paseo, aunque fuera con los trajes del ropero. Porque la amorosa madre tenía en su poder el cebo más estimulante que podía apetecer á aquel Pluto trasatlántico, dado que Enriqueta era la belleza más atractiva del pueblo, y con tales ventajas no era cosa de resignarse al papel de espectadora en aquella lucha encarnizada que se había empeñado entre el ejército femenil de la buena sociedad para conquistar las atenciones del recién venido.

De la cual lucha había resultado (y esto lo ignoraba doña Sabina) que el ostentoso Nabab había ido familiarizándose con la contemplación de tantas y tan pertinaces bellezas, hasta el punto de que ya no le movían, como declaró una noche á sus oyentes en su platea del teatro, después de haberle recorrido todo con sus gemelos... y su pechera centelleante, recibiendo expresivas correspondencias visuales de todos los puntos de la sala.

Entonces se abrió la puerta de un palco, antes vacío, y aparecieron en él doña Sabina y Enriqueta.

—Ajá, camará, ¡qué vitola!—exclamó al ver á la garrida moza el indiano, empuñando los gemelos, revolviéndose en la silla como un azogado, y mostrando dos hectáreas de pechera y una cantera de pedrería fina.

Enriqueta, entre tanto, después de lucir el talle al descubierto, so pretexto de colocar más á su gusto la silla, ó de colgar el abrigo, ó de responder á una supuesta pregunta de su madre, tomó asiento dando la espalda al escenario; y sin cuidarse de lo que en él sucedía, paseó, al amparo de sus anteojos, su vista escudriñadora en derredor de la sala. En este viaje rápido tropezó con los gemelos del indiano, y al verlos fijos en ella, detúvose un instante á examinar al curioso cuya estampa debió chocarla, según el gesto que hizo; gesto muy parecido al que hace todo nieto de Adán al tropezar con un bicho raro.

—¡Ajá, te clavaste, guachinanguita!—dijo don Romualdo al encontrarse con la mirada de Enriqueta.

Pero ésta, lejos de haberse clavado, como el pintoresco Tenorio creía, preguntó á su madre sin dejar de mirarle: