—¿Qué es aquello, mamá?
Y doña Sabina, que, aunque por sus sabidos contratiempos, no había pisado la calle tiempo hacía, no dejaba de conocer por la fama al personaje de moda, la respondió después de seguir la dirección de su mirada:
—Cuidado, hija mía, que creo que es él.
—¿Y quién es él?
—El famoso acaudalado de quien habla todo el mundo... Y por cierto que no separa los ojos de ti.
La tal noticia causó en Enriqueta el efecto de la picadura de un alacrán. Soltó los gemelos al instante, y volvió las espaldas al personaje. Desde entonces no hubo ya pisotón, ni carraspera, ni mirada elocuente, ni advertencia clara y terminante de su madre, que bastara á convencer á la testaruda chica de que debía corresponder á las insinuantes actitudes del indiano. Tanto la habían hablado de él; tanto de la revolución que el afán de su conquista había producido en el pueblo, que aun sin llegar á conocerle le había cobrado aversión. Doña Sabina, en cambio, queriendo sin duda enmendar los desdenes de su hija, no hallaba en su cara ojos bastante expresivos para mirar á don Romualdo.
—Dígame, camará—preguntó éste al más inmediato de sus compañeros de platea, chocándole, á media función, la esquivez de Enriqueta,—¿tendrá amores con alguien?
—¿Por qué es la pregunta, don Romualdo?
—Porque no acude.
—Esos son dengues de niña mimosa.