—Pues mire, yo me perezco por las dengosas.
Y continuó asestando sus gemelos á la ingrata, sin que ésta se diera por más entendida de sus miradas, que de su pechera deslumbrante, de su cadena ostentosa ó de sus anillos colosales.
Pero se enteró de la lucha todo el teatro, y llovieron las miradas sobre la desdeñosa, que pasó las penas del purgatorio hasta que cayó el telón por última vez.
Al salir á la calle con su madre, ya estaba esperándola don Romualdo; y allí, con los ojos en blanco, la soltó un par de finezas al oído, con tan poco éxito, que huyendo de ellas no paró la ruborosa joven hasta la acera de enfrente. En cambio doña Sabina contestó al indiano con una mirada que era todo un poema de esperanzas.
Aquella noche no durmió el refulgente personaje. La esquivez de Enriqueta (que él tomaba modestamente por ruborosa timidez); la comparación que hacía de su resistencia con las facilidades con que tantas otras mujeres le estaban brindando á todas horas, y la peregrina belleza de la joven, le tenían en constante tortura; y como resueltamente se decidía por ella, pensando en el modo de conquistarla le cogió el sol del día siguiente.
Por la tarde se vistió «de fresco», como él decía: eligió la pechera más tenue y á la vez más pintoresca de cuantas tenía; y así engalanado y tendido en su quitrín dirigido por calesero negro, paseó catorce veces la calle de la ingrata. Pero ésta no se dejó ver detrás de las vidrieras, aunque no se apartó de ellas un instante la cara de doña Sabina.
Al otro día salió con el mismo rumbo, pero en carretela descubierta y vestido de serio; y en vano los herrados cascos de los dos fogosos brutos que le arrastraban hacían temblar los cristales de la vecindad. Doña Sabina salió al balcón y hasta pagó con afable saludo la media reverencia que él la hizo; pero Enriqueta no se dejó ver.
Su tercera manifestación fué cabalgando á la mejicana. Diez veces rayó con el índice de su diestra los adoquines, y más de otras tantas recogió del suelo su jarano; los chicos le seguían en bandadas; la gente se paraba á contemplarle... y nada: las vidrieras de su ingrata cerradas como siempre, y detrás de las vidrieras la sempiterna cara de doña Sabina. ¡Ni la sombra siquiera de su hija! Entonces, en un arrebato de despecho, arrojó á la canalla hasta tres puñados de monedas, y entre aplausos, silbidos y jujeos, echó por una boca-calle y se perdió de vista.
Después de cada una de estas exhibiciones grotescas, doña Sabina corría al lado de Enriqueta y la decía algo por este estilo:
—Pero, hija, ¿es posible que seas tan obcecada que no quieras manifestar la menor señal de que, cuando menos, agradeces las atenciones que te dedica ese hombre?