—Servidor de usted,—respondió el visitado,
—¿Á quién tengo el honor de?...
—Romualdo Esquilmo, para lo que se ofrezca.
Y haciendo una profunda reverencia, tendió su enguantada mano á don Serapio, quien al oir aquel nombre tan sonado y respetado en el pueblo un mes hacía, púsose de pie de un brinco, y exclamó con toda la veneración que pudiera un moro delante del famoso zancajo de la Meca:
—¡Muy señor mío y dueño!... Y usted me perdone que no le haya conocido á pesar de su envidiable fama, porque este obscuro rincón es, mucho hace, toda mi sociedad. ¿Y á qué debo la inmerecida honra de su visita?
Mas como notara que el visitante miraba mucho en su derredor, como si temiera ser oído, se apresuró á invitarle á que subiera á la habitación.
Aceptó de buena gana don Romualdo; subieron por la escalera excusada, y se encerraron en el gabinete de don Serapio.
Á vueltas de algunos cumplidos y generalidades, quiso entrar en materia el comerciante con esta popularísima invitación:
—Conque usted dirá, mi señor don Romualdo.
Y éste, sin hacerse rogar más, habló así, dulcificando cuanto pudo la rudeza de su voz con la melosidad del estilo trasatlántico: