—¡Hija de mi vida!—fué la única exclamación que hizo el angustiado padre, dejando caer la cabeza entre sus manos y las lágrimas de sus ojos.
Contemplóle el dependiente un breve rato con la mayor impasibilidad, y díjole después, con la seriedad de un recluta delante de su coronel:
—¿Hago falta?
Mas viendo que no obtenía respuesta, echóse debajo del brazo dos libros de cuentas corrientes; recogió algunos paquetes de cartas, y girando sobre sus tacones, salió del departamento señorial.
Al entrar en el suyo vió que se abría con estrépito la puerta principal y que aparecía en ella un personaje vestido de rigorosa etiqueta, brillando en pecho, puños y pescuezo, como cielo en noche de verano.
—¿El señor don Serapio Caracas?—preguntó desde la puerta con voz de trueno.
—Aguárdese usted,—respondió el tenedor de libros, que aún no se había sentado, volviendo á anunciar la visita á su principal, en la duda de si también con los de aquel pelaje había de entenderse la consigna dada para los corredores.
Vaciló don Serapio entre hacerse el ausente ó el visible; pero como se le manifestó que la visita no tenía cara de negocios, procuró serenarse y mandó entrar al anunciado.
Momentos después se hallaban los dos frente á frente.
—¿El señor don Serapio Caracas?—volvió á preguntar el visitante.