Todas estas consideraciones en tropel cruzaron en un instante por la mente de don Serapio, que llegó á sudar bajo el peso de tan encontradas emociones. No obstante, optó por lo más decente, resolviéndose, ante todo, á desengañar á don Romualdo.
—Señor mío—le dijo:—yo no tengo palabras con qué expresar á usted la gratitud que le debo por la deferencia que me quiere guardar; pero, hombre honrado ante todo, no puedo aceptar ese depósito sin dar á usted ciertas explicaciones.
—Que yo no quiero escuchar, ¿estamos?
—Es que no hemos hablado todavía ni aun de los intereses.
—No los quiero... en moneda sonante.
—Ni del plazo.
—El que usted quiera, si teme que puedo quitarle de un jalón esa miseria.
—Tampoco sabe usted si mi casa...
—¿Si está firme? ¡Bah! Pero pinto que estuviera quilla arriba... Mejor, si con esa ayuda la poníamos á flote. Jajajajaaaá. Si al fin tenemos que entendernos, camará. De modo que sobre este punto estamos á la orillita los dos, y desde esta tarde empiezo á mandar plata. Por lo que falta de apañar, aquí tiene las letras endosadas á usted ya, con un montón de billetes.
Dijo, y sacó de una cartera enorme con vivos de oro y cifras de diamantes, más de un millón de reales en papel que entregó á don Serapio.