Éste no sabía si echarse á llorar ó á los pies de aquella providencia tan estrafalaria como espléndida; pero conteniéndose, por no evidenciar demasiado su necesidad, ya que el indiano se empeñaba en no conocerla, aceptó la oferta tan tenaz y, según las señas, deliberadamente hecha, diciendo al indiano en un tono que no carecía de dignidad:
—Yo, señor mío, y por mi desgracia, no tengo el dinero en tanta abundancia como usted; mis negocios, como todos los de la plaza, son en pequeño, relativamente á los de ustedes en América; por lo cual ni mis colegas ni yo tenemos nunca la caja tan bien provista que podamos disponer de cien mil duros en un momento de sorpresa, pues no llegan á tanto muchos capitales que aquí se llaman grandes, cuanto más nuestros sobrantes para imprevistos. En una palabra, yo no puedo admitir esta suma más que en uno de estos tres conceptos: como depósito, en cuyo caso, y por razones que son para mí sagradas, aunque usted no quiera oirlas, le daré la llave de una caja de mi escritorio para que usted disponga á su arbitrio del dinero; ó como préstamo, por un plazo convenido; ó en cuenta corriente, á condición de que para disponer de sumas de alguna importancia me avise usted con la anticipación que se estipule. Además, y usted me perdone tantas exigencias, yo, por un sentimiento de delicadeza, necesito consignar en el resguardo que le entregue, que se resiste usted á oir ciertas explicaciones que he querido darle acerca del estado de mi casa, requisito que yo juzgo de utilidad vista la importancia de la suma.
—¿Acabó ya, mi amo?—exclamó don Romualdo después de haber escuchado con la boca abierta á don Serapio.
—Es cuanto me ocurre sobre el asunto, después de volver á dar á usted un millón de gracias por la confianza con que me honra.
—Pues mire, cuando le haga la entrega del último centavo, me pone el papel como le dé la gana, ó no me pone pizca. Y se finó aquí la historia, que, camará, por cuatro chinitas como ésas nunca he platicado yo tanto.
Don Serapio caminaba de asombro en asombro. Como broma podía pasar aquel derroche; pero contra tal suposición protestaban los valores que ya tenía en su poder.
—Pero la cuestión de intereses—replicó al indiano,—no puede dejarse sin tocar, señor mío; y necesito que usted me diga si le bastan los que aquí abonamos en las cuentas corrientes...
—Ahorita mismo vamos á hablar de eso, señor don Serapio; y mire que no encuentre caros los que le pida.
—Ya pareció aquello—pensó el buen hombre; y añadió en voz alta:—Usted dirá.
—Voy á decirle. Yo quiero tomar estado, ¿me entiende?