—¡Mi hija!

—Ajajá. ¿Le van pareciendo caros los réditos?

No es fácil explicar el efecto que produjo en don Serapio esta embestida en seco. Preocupado con la situación de su casa y en entredicho con su mujer desde la escena que conocemos, no tenía la menor noticia de las exhibiciones y aparentes propósitos del indiano, ya públicos en la ciudad. Cogióle, pues, de nuevas la pretensión, y le aturdió. Por un lado le halagaba; por otro se le resistía. Aquel tipo para una mujer como su hija... y César... y el recuerdo de éste en la memoria de Enriqueta. Pero aquel caudal enorme, aquel desprendimiento, aquella franqueza honrada, el porvenir de la casa con un protector semejante... Todo lo fué viendo instantáneamente, y así, sin saber si agradecer la demanda ó maldecirla, contestó al indiano con afectada parsimonia:

—La nueva pretensión que acaba usted de manifestarme, mi señor don Romualdo, es de tal naturaleza que no alcanzaría todo mi buen deseo á despachársela á su gusto sin contar antes con el de la interesada.

—Por ahí me duele, camará.

—¿Usted la conoce?

—¡Si la llevo estampadita en el alma!

—Digo si la ha tratado usted,—repuso don Serapio, nada complacido con aquella fineza.

—Eso no; pero ella me conoce, y también su mamita.

—Es decir, que se conocen ustedes de vista.