—Cabales.

—Entonces nos falta casi todo el camino por andar, y usted no extrañará que yo, dando á su deseo toda la importancia que se merece, se le transmita á mi hija para que, libre de toda presión, me diga su parecer, que es, en mi concepto, lo principal del asunto.

—Y la mamita, ¿tomará parte en el consejo?—preguntó el pretendiente seguro de que no le sería su voto desfavorable.

—Naturalmente, señor don Romualdo.

—Pues entonces—replicó éste,—me retiro ahorita; y me hará la merced el señor don Serapio de leerme cuanto antes la sentencia. Y mire, al llegar le hubiera implorado que me presentara á las señoras; pero desde que platicamos del caso, para que lo vea, me tiemblan las choquezuelas, y no lo aceptaría hoy aunque me lo brindara.

—Iba á hacerlo precisamente.

—Pues ya me ha oído. Créame, don Serapio: aunque me ve tan llenote y rollizo, soy una criatura en lo sentido.

—Ya lo voy reparando,—observó aquél sonriendo.

—Es la fija, créame... ¡Jajajajaaaá!

Y lanzó una carcajada, llena, robusta, sonora, estrepitosa, interminable. Con la cual, dos reverencias, tres sombreradas y un apretón de manos, amén de algunas frases de cumplido, despidióse de don Serapio, que le acompañó hasta la puerta del escritorio, donde hubo todavía algunas ofertas recíprocas y no pocos cumplimientos.