Volvióse el comerciante á su despacho; llamó al tenedor de libros, y le dijo, examinando con escrupulosidad los billetes y las letras que había recibido del indiano.

—Abra usted una cuenta á don Romualdo Esquilmo...

Y como si hubiera cambiado repentinamente de parecer, añadió en seguida:

—Pero no se la abra usted todavía.

Con lo cual volvió el tenedor á su puesto, extrañando mucho que en semejantes circunstancias se le mandasen tales cosas; de lo cual dedujo que la visita del indiano podía llegar á tener alguna influencia en los futuros destinos de la casa.

Entre tanto, es de advertir que don Serapio se arrepintió de su primer mandato, porque se le ocurrió de pronto que habiendo sido los dos millones una embajada más ó menos ostentosa para autorizar la petición subsiguiente, si ésta llegaba á ser desairada, procediendo con decencia había que mandar retirar los embajadores, si es que no se retiraban ellos solos. Que la petición podía ser desairada, se lo hacían temer el carácter de su hija y las aparentes circunstancias, aun sin meterse á indagar las desconocidas, de su pretendiente; circunstancias y peros que habían pasado inadvertidos para él cuando sólo se trataba de sus intereses materiales, y que le saltaron á los ojos tan pronto como aquél se declaró aspirante á la mano de Enriqueta. Conste, pues, como dato que honra á don Serapio, aunque no le salve en lo principal de su culpa, que, por de pronto, teniendo en su mano el talismán misterioso que podía regenerar su casa en un momento, estaba dispuesto á arrojarle por la ventana si esa regeneración había de ser al precio del sacrificio de su hija.

Y meditando así, envolvía los valores del indiano en una carpeta, sobre la cual escribió: «De don Romualdo Esquilmo», lacrándola y sellándola. Después guardó el paquete en el fondo de su caja embutida en la pared y defendida por maciza puerta que cerraba con barrotes y candados.

Volvió luego á su puesto; sentóse en el viejo sillón; estuvo meditando largo rato con la cabeza entre las manos; trancó después el atril y los cajones de la mesa, y con paso tranquilo y mesurado echó escalera arriba por la excusada.

X

Bien ajena estaba doña Sabina á lo que pasaba en el gabinete de su marido entre éste y el indiano, en el punto y hora en que ella y Enriqueta entretenían el tiempo, en un saloncito, con esas frivolidades de adorno que compradas en la calle valen una miseria, y llegan á costar un sentido hechas en casa por la aplicación y economía de una gran señora hacendosa.