Frágil criatura Enriqueta; demonio doña Sabina, punto más sutil y tentador que el del Evangelio, ¿qué extraño sería que la incauta joven cayera de rodillas ante aquel ofrecido reino de placeres y riquezas?

Abundando en esta misma opinión la diabólica mujer, y creyendo ya en buena sazón el espíritu de su hija, juzgó llegado el caso de sacar el Cristo que había de rematar su obra.

—No creo—dijo, respondiendo á la observación de Enriqueta,—que me engañen ciertas apariencias; pero de todos modos, conviene colocarse en lo más cómodo y proceder en ese sentido. Porque has de saber, hija mía—y comenzó la habilidosa mujer á hacer dengues y pucheros,—que hay razones que yo no he querido decirte nunca, por las cuales ese enlace, además de hacer tu felicidad, sería para tu padre y para mí... ¡el manto de la Providencia!

Y la muy taimada se limpió los ojos con el pañuelo.

Como era de esperar, aquellas palabras capciosas y aquellas lágrimas vergonzantes llamaron vivamente la atención de Enriqueta.

—Pues ¿qué sucede?—exclamó alarmada.

—Sucede, hija mía—prosiguió entre sollozos doña Sabina,—que hace ya mucho tiempo (y perdona á una madre cariñosa que te lo ha venido ocultando por no afligirte), que el caudal de tu padre no es más que una apariencia; que la suerte le ha vuelto la espalda; que á duras penas y con indecibles fatigas, ha logrado hasta hoy ir sosteniendo su casa; que los contratiempos, lejos de estar vencidos, se van acumulando de día en día, y en fin, Enriqueta, que no está lejano el en que, sin un milagro de Dios... ó el amparo de un hombre como ése, nos veremos todos envueltos en la más espantosa miseria.

Calló doña Sabina y ocultó la cara entre sus manos, lanzando de su pecho angustiosos quejidos; y Enriqueta, que había ido devorando cada una de sus palabras con la ansiedad fácil de adivinar, al oir los sollozos de su madre inclinó su hermosa cabeza, y exclamó también con lágrimas en los ojos y con verdadera angustia en el corazón:

—¡Pobre padre mío!

¡Cosa extraña! Ni éste ni su hija se habían acordado de doña Sabina en el instante de saber que la miseria llamaba á las puertas de aquella casa.