Después que hubieron pasado los primeros desahogos del verdadero dolor de Enriqueta, y la parte de farsa que había en el de su madre, disponíase aquélla á dirigirle la palabra, cuando entró una doncella á decir que «el señor» esperaba en su gabinete á la señorita.

Serenóse la joven cuanto pudo, é impresionada hasta el extremo con aquel casual recuerdo de su padre, acudió rápida al llamamiento, sin pararse á considerar la sorpresa que en su madre causó el recado.

XI

Entrañable fué siempre el afecto que la hermosa joven había profesado á su padre; pero desde la noticia que acababa de darle su madre, se sentía unida á él por un nuevo vínculo y por una deuda más.

Su vida dispendiosa y descuidada había contribuido sin duda á precipitar la ruina de aquella casa, antes rica y envidiada; y aquel dolor impreso de continuo en la fisonomía del atareado comerciante; aquel sello de tristeza que la obscurecía, no eran el efecto natural de una salud quebrantada por el trabajo, sino la huella de una gran pesadumbre, hija quizá del temor de que algún día tuviera ella que conocer la causa. ¿Qué sacrificio podría imponérsela que no aceptase por salvar á su padre del abismo en que iba á caer? ¿Qué valían, pues, los escrúpulos que aún oponía como excusas, si su unión con el hombre que se los inspiraba podía devolver á su padre la fortuna que éste había sacrificado al placer de su familia?

Con estas reflexiones, motivadas por la noticia funesta dada por su madre y la repentina llamada de su padre, presentóse delante de éste, cariñosa y expresiva como jamás lo estuvo.

—Hija mía—le dijo el pobre hombre, sentándola á su lado,—los asuntos que personalmente te interesan, sólo contigo debo consultarlos, antes de discutirlos en familia, si esto fuese necesario también. En este supuesto, y con la formal protesta que te hago de que, al someter á tu juicio ese asunto, te dejo en la más amplia libertad de resolverle, te advierto que hace un instante estuvo en este mismo gabinete un hombre que ocupa una gran posición social, á pedirme tu mano.

—Y ¿qué le contestó usted?—dijo Enriqueta sin mostrarse sorprendida del suceso, ni más ni menos que si le esperara.

—Que te haría saber la pretensión, y que tú resolverías.

—¿Pero usted no ha formado juicio alguno?...