—Supongamos que no.

—¿Ni hay siquiera una razón por la cual pudiera usted desear que yo aceptara ese pretendiente?

—No hay razón para mí que alcance á obligarme á violentar tu voluntad, ni siquiera á influir en ella, en asunto tan importante.

Si, como no lo dudaba Enriqueta, la noticia que tuvo por su madre sobre la triste situación de la casa, era cierta, su padre le estaba dando otra prueba más de cariñosa abnegación, prueba que merecía de su parte un esfuerzo de voluntad para corresponder á ella dignamente. Y en tal propósito, y sin detenerse á considerar que en lances de tanta transcendencia es mal consejero el entusiasmo, contestó sin vacilar:

—Dígale usted que sí.

—¡Cómo!... ¿sin saber aún de quién te hablo?

—Lo presumo: ¿no es del famoso indiano don Romualdo?

—Del mismo, en efecto. Pero ¿tú le conoces?

—De fama y de vista.

—Bien; pero ignoras de dónde viene, qué ha sido, qué es y, según sus antecedentes, qué podrá ser en adelante.