—Eso no es de mi incumbencia, papá. Me dice usted que resuelva, y resuelvo que sí.

Como aquél que ve visiones se quedó don Serapio al oir hablar de este modo á su hija. No había mostrado la menor vacilación, ni un reparo, ni un escrúpulo. El demonio de la ambición la dominaba también como á su madre: jamás lo hubiera creído en aquel corazón tan sensible y tan noble en apariencia. Por el vano afán de unas cuantas joyas, no le aterraban los riesgos de lo desconocido. Este desencanto le afligió en extremo, como padre cariñoso; pero, preciso es confesarlo, no dejó de animarle como comerciante necesitado. Las buenas tragaderas de su hija hacían la tramitación más fácil y el resultado más claro, supuesto que estaba decidido á no sacrificarla á los apuros de la casa.

Y entre tanto no reparaba el bendito de Dios que sin estar también él devorado, aunque en otra forma, por la misma sed de oro, no hubiera tomado en serio la pretensión del indiano sin preguntarle en seguida todo aquello que, en su concepto, debió preguntar Enriqueta antes de resolver afirmativamente la demanda; ni hubiera transmitido ésta á su hija sin poder añadir en seguida: «me consta que el pretendiente es hombre honrado y que honradamente ha ganado lo que posee». Por eso no cayó en la cuenta de que las últimas palabras de Enriqueta, si parecían el reflejo de un corazón frío y metalizado, también podían tomarse como una amarga censura á la irreflexión y la ligereza despiadadas con que un padre colocaba á su hija en la necesidad de elegir á ciegas entre la muerte y la vida.

Pero esto no podía leerlo don Serapio en la respuesta, porque había hecho en el asunto cuanto debía hacer; es decir, respetar ciertas particularidades de aquel hombre que, siendo tan rico y tan espléndido y, sobre todo, tan considerado en el pueblo, no podía ser cosa mala; y, en cambio, podía resentirse de una fiscalización impertinente que diera por resultado una brusca retirada en el momento en que más falta le hacía su amparo. De todos modos, si le engañaban las apariencias, ya se iría viendo poco á poco, antes de que fuera imposible evitar los peligros de una equivocación.

Tal fué el criterio de don Serapio en aquel asunto delicado; pero como ni tú ni yo, lector benévolo, estamos llamados, que se sepa, á sentar jurisprudencia en la materia, dejo la digresión y vuelvo al asunto.

—De manera—prosiguió el padre, acentuando mucho sus palabras y observando el efecto que causaban en su hija,—que puedo decir á ese señor que, por tu parte, aceptas gustosa.

—Gustosísima,—añadió Enriqueta.

—¿Sin el menor recelo siquiera de que acuda á tu memoria ni la sombra de un recuerdo más agradable?...—insistió don Serapio, creyendo, con esto, quedar bien cumplido con el último de sus escrúpulos de conciencia.

—Sin el menor recelo... ni aun de esa sombra.

—¿Luego no hay más que hablar sobre el asunto?