—Absolutamente nada, por mi parte.

Y los dos se despidieron y se separaron: el padre admirado de la despreocupación de la hija, y la hija asombrada de la buena fe de su padre.

Don Serapio bajó al escritorio, y llamando al viejo dependiente, volvió á decirle:

—Abra usted una cuenta á don Romualdo Esquilmo.

Pero esta vez no le dió contraorden; antes bien, llegóse á la caja, sacó el paquete sellado, recontó y clasificó los valores que contenía, y dijo al dependiente, que le observaba con impasibilidad, después de haber escrito el encabezado de la cuenta:

—Abónele usted, por entrega que me hace hoy en efectivo y letras que me endosa, aceptadas en esta plaza, reales vellón...

—Reales vellón...—repitió el dependiente pluma en mano.

—Un millón doscientos treinta y dos mil.

—Un millón doscientos treinta y dos mil,—murmuró el tenedor de libros apuntando en el suyo aquella cantidad.

—Nada más,—dijo luego el comerciante recogiendo los valores del indiano.