—Nada más,—repitió el dependiente cerrando el libro, después de haber colocado cuidadosamente una hoja de papel secante sobre lo recientemente escrito.

—Ya habrá usted comprendido—añadió don Serapio á media voz,—que la situación de la casa ha mejorado mucho en pocas horas.

—Lo sospeché desde la primera vez que me mandó usted abrir esta misma cuenta.

—Hay una Providencia, don Braulio.

—Pues bendigámosla, señor don Serapio.

Y el uno volvió á su puesto con la misma impasibilidad que cuando acababa de demostrar con números que la casa estaba hundida, y el otro á la caja, en la cual guardó el caudal ofrecido por la Providencia.

Entre tanto, Enriqueta informaba á su madre de todo lo tratado y acordado con su padre.

—Ya lo ves, hija mía... ¡La Providencia divina!—exclamó ebria de gozo, loca de entusiasmo doña Sabina.

Es maña ya muy vieja ésa de atribuir á la Providencia todo cuanto nos favorece y nos halaga, aunque sea inicuo, y de imputar á la desgracia lo que nos humilla y desconcierta, aunque lo tengamos bien merecido.

XII