Aceptó César con entusiasmo; diéronsele eficaces recomendaciones para una casa de Veracruz, cuyo principal negocio era la explotación de dos minas de plata, y allá se fué con sus ilusiones y sus ahorros.
No se le había engañado en las promesas. Dos años le bastaron para llegar á reunir un capitalejo, limpio y morondo, de cuarenta mil duros.
En sus expansiones amistosas no ocultaba á nadie el afán que le devoraba; pero jamás declaró su verdadera patria ni sus parentescos en ella, en previsión de un lance desgraciado que pudiera obligarle un día á buscar un porvenir por vías más humildes y azarosas que las hasta entonces recorridas con tan buena suerte. Hasta ese punto llevaba sus propósitos de hacer fortuna honradamente, y sus repugnancias pueriles á deslustrar el brillo de que tanto se pagaba la vanidad de su tía. Por lo demás, hablaba hasta con exceso de sus frecuentes relaciones con la casa de la Habana, aunque siempre con el fin de ponderar lo mucho que la debía, y se curaba muy poco, como joven y de escasas malicias, de ver si todos los que le rodeaban en sus momentos de expansión eran dignos de sus candorosas confianzas.
Á menudo tenía noticias de su tío, y por éste sabía que «todo seguía en casa como él lo había dejado»; es decir, que Enriqueta seguía esperándole allí, según su traducción al lenguaje de sus amorosos anhelos.
De la Habana tampoco le faltaban cartas, en las cuales se le deseaba siempre rápida fortuna, y se le prometía no dejar de recomendarle cualquiera ocasión que se presentara por allí de conseguirlo, si antes no lo había conseguido él donde se hallaba.
Un día recibió una carta de esta procedencia, y de puño y letra de su afectuoso protector, en la que se le dijo que la ocasión tan deseada había llegado al fin; que, con otra carta suya á la mano, se le presentaría en Veracruz un don Cleofás Araña, gran amigo del recomendante, que pasaba á Méjico á continuar la explotación de dos minas de oro, de su propiedad; que por una deferencia singularísima se había prestado á darle la participación que quisiera tomar en la empresa, en la seguridad de duplicar el capital en menos de seis meses, y que el tal don Cleofás era riquísimo, honrado, etc., etc.
Pocos días después llegó efectivamente este señor, tipo de hombre entre campesino y culto, de aire franco y resuelto, como el de aquél que más bien ofrece que necesita protección. Entregó la anunciada credencial á César, y le mostró además títulos de pertenencia, muestras de oro nativo, etc., etc., con lo cual el iluso mozo, creyéndose más que satisfecho, realizó cuanto tenía y puso en manos de aquel potentado hasta treinta mil pesos, quedándose sólo con otros diez mil para las eventualidades. Extendióse un proyecto de contrato; diósele á César, mientras aquél se formalizaba, un resguardo en toda regla; hubo no sé qué dificultades mecánicas que duraron tres días; al cuarto avisó el socio que se había quedado en la cama un poco indispuesto; al quinto pasó César á visitarle... y el socio había desaparecido de la casa y de la ciudad. Llamó el incauto al cielo; siguió la pista del fugitivo la gente que lo entiende, y, como de costumbre, no dió con él.
Cruzáronse exhortos; escribióse mucho; crecieron los autos á montones, y vino á saberse en limpio que el ladrón se había largado á los Estados Unidos, y que ya era conocido por los siguientes fragmentos de su edificante historia:
Entre los primeros buscadores de oro en los placeres famosos de California, se contaba un mallorquín, marinero desertor de un buque llegado á aquellas costas con víveres y utensilios. Sabido es por demás que los susodichos explotadores eran lo peor de cada casa, y que no habiendo entonces en el país ni ley, ni rey, ni roque, todo era en él primi ocupantis, por lo cual, antes que la herramienta del trabajo, todo buscador precavido adquiría un revólver y un puñal; porque no es necesario decir que lo que se adquiría arañando las costras de la tierra durante el día, había que defenderlo á menudo, por la noche, á tiros y á puñaladas. Con tan suaves entretenimientos, hijos de la necesidad, hasta el hombre más bondadoso tenía que convertirse en una fiera. ¿Qué llegaría á ser el que antes de pisar aquel suelo no tenía ya entrañas? De éstos era el mallorquín.
Cansándose muy pronto de escarbar la tierra para buscar el oro, y siendo muy diestro en los juegos de azar, trocó la herramienta por la baraja. Ganó mucho en pocos días; pero se le conoció el juego y estuvo á pique de pagar con el pellejo las ganancias. Salvó las unas y el otro; mas no queriendo exponerse á nuevos trances por el estilo, convenció á media docena de perdidos como él, y se lanzaron los siete á la montaña más próxima, de la cual descendían cada vez que se les presentaba una ocasión de hacer un buen agosto, sin arredrarles el riesgo de andar á puñaladas con los desvalijados. Estos atentados y otros parecidos que se hicieron de moda, sugirieron á otros buscadores menos bandoleros la idea de formar entre ellos rondas y tribunales con el fin de hacerse la justicia por su mano. La medida dió por resultado inmediato el que un día amanecieran seis ladrones colgados por el pescuezo en medio de la colonia de aventureros. Cuando estos ejemplares castigos se hicieron muy frecuentes, el mallorquín, que ya había visto colgados á tres de su cuadrilla, tuvo miedo en todas partes.