Huyó, pues, de California, con el rico botín de sus rapiñas, y se cree que se refugió en Méjico, porque, tiempo andando, se le ve aparecer, al frente de una docena de bandidos, asaltando una conducta de varios millones que iba de la capital á Tabasco; conducta que, merced á la fortuna de los salteadores, torció de rumbo con éstos, sin saberse á qué parte del mundo.

Tiempo después vuelve á vérsele en la isla de Cuba hecho un gran personaje, tratando con un criollo, separatista de nota, de una invasión filibustera. Habíale presentado cartas credenciales del centro conspirador de New York, en las cuales se le autorizaba para recoger una fuerte suma recaudada con el fin de reclutar gente y adquirir pertrechos de guerra. Los filibusteros cubanos no pusieron en duda la autenticidad de las cartas, sellos y contraseñas; entregáronle los millones recaudados en valores de pronta y fácil realización, y ni de éstos ni de su conductor volvieron más á saber aquellos sempiternos laborantes.

Su última hazaña conocida fué la que llevó á cabo en Méjico, siendo la víctima César.

Nada quiso decir éste del caso á su tío, hasta conocer el resultado de sus pesquisas, ni tampoco escribir á la Habana; pues sobre estar convencido de la falsedad de las cartas de recomendación, temía que por aquel conducto llegara á saberlo su familia, y al saberlo ésta corría el riesgo él de que se desalentara Enriqueta, que le estaría esperando «de un momento á otro». En todo caso, para empezar á trabajar de nuevo y dar la triste noticia, siempre estaba á tiempo.

Cuando se convenció de que el fugitivo no parecía, buscado por la nariz de la justicia, sintióse acometido de una comezón febril y quiso él mismo correr tras él para arrancarle lo robado, ó para matarle si se lo negaba. Con este propósito, y sin decir á nadie una palabra, salió para los Estados Unidos, depósito inmenso de todos los grandes ladrones del mundo, y se consagró con alma y vida á buscar el de sus ahorros.

Tres meses de investigaciones en aquel laberinto de cosas grandes y de cosas horrendas, diéronle por resultado la convicción de que su hombre había pasado á Inglaterra, donde, por lo visto, tenía acumuladas, y en lugar seguro, sus incalculables riquezas tan honradamente adquiridas.

Tomó, pues, pasaje para Liverpool, y esto es todo lo que por ahora tenemos que decir de César al lector.

XV

Volviendo al asunto que dejamos pendiente para hacer esta ligera excursión por el otro mundo, digo que llegó el día de la boda y que acudió á ella medio pueblo, unos como invitados y otros como curiosos. Enriqueta, con su traje blanco, su corona de azahar y su rubor de costumbre en tales lances, podía habérsela tomado por una vestal que iba al sacrificio, ó por una virgen cristiana conducida al martirio; y en cuanto á don Romualdo, más parecía, aunque vestido de rigorosa etiqueta, el administrador de la casa, que el Polión de aquella Norma ó el Eudoro de aquella Cimodocea. Los carruajes se atropellaban á la puerta de la iglesia, y lo más granadito y cogolludo de la población invadía el templo, mientras en el altar mayor se celebraba la ceremonia religiosa.

Dos horas más tarde se servía en casa de la desposada espléndido almuerzo presidido por Enriqueta y don Romualdo, unidos ya ante Dios y los hombres en eterno indisoluble lazo.