Aquella misma noche, y no á hora más cómoda, por exigirlo así las leyes de la naturaleza, que no había querido alterar el orden de las mareas ni por los doblones del opulento indiano, debían salir los recién casados para el extranjero en un vapor fletado y dispuesto con este objeto exclusivo.
Llegaron las cuatro de la tarde, y desfiló el último de los convidados; levantáronse los manteles y los cachivaches, y se quedó sola la familia, ocupada en algunos preparativos para el viaje. Don Romualdo, con el mismo fin, necesitó darse una vuelta por su habitación de soltero; y si no por el desorden que reinaba en algunos departamentos de la casa, el cansancio que se reflejaba en los rostros de los amos y las galas que aún vestían los criados, nadie diría á las cinco que allí se había celebrado una fiesta ruidosa con la ocasión más transcendental de todas las ocasiones de la corta y achacosa vida humana.
Descansaban en silencio, bostezando don Serapio, pensativa Enriqueta y risueña doña Sabina, como quien saborea gratísimas ilusiones, cuando apareció en escena, y sin anunciarse, otro personaje desconocido en aquel teatro. Era joven, y vestía con elegancia un cómodo traje de camino; su tez era ligeramente morena, y negros el pelo y la barba. Fuera por natural timidez, ó porque se vió contrariado con la expresión de extrañeza que notó en aquella familia, es lo cierto que el recién llegado, al verse en medio de ella, apenas se atrevió á hacer una ligerísima salutación. Levantóse maquinalmente don Serapio al reparar en el intruso, y antes de desplegar los labios para corresponder á su saludo, observó que su mujer, como picada por una víbora, se incorporaba de repente con los puños y los labios apretados y los ojos centellantes, y que Enriqueta, pálida como un cadáver, se apoyaba con las dos manos en los brazos de su butaca. Entonces don Serapio, fijándose más en el recién llegado, abrió inmensamente los ojos y la boca; después le tendió los brazos, y cayendo en ellos el otro, exclamaron los dos á la vez:
—¡César!
—¡Querido tío!
Cántico que tuvo por acompañamiento esta salmodia rechinante de doña Sabina:
—¡Así le ahogaras!
—Y usted, señora—dijo á ésta César cuando se desprendió de los brazos de su tío,—no dude que la veo con sumo placer. Y á ti también, Enriqueta.
—Muchas gracias—contestó aquélla con ira mal disimulada.—Y ¿se puede saber cuál es la causa de esa venida tan intempestiva?
—En efecto—añadió don Serapio.—¿Cómo no nos lo has anunciado previamente?