—Mi presencia no ha de estorbar á ustedes mucho tiempo—replicó César, hondamente herido con aquella frialdad con que se le recibía.—Hace una hora llegué de Inglaterra á este puerto, y me he desembarcado para venir aquí con el exclusivo objeto de saludar á la única familia que me queda en el mundo. Tengo, en hacerlo, una inmensa satisfacción, y lo creí, además, como un sagrado deber mío; especialmente siendo, como han de ser, muy pocos los días que he de permanecer en esta ciudad.
—Y ¿quién te ha dicho que nos estorbes ó dejes de estorbarnos?—repuso doña Sabina en el tono más despreciativo que pudo.—Ya veo—añadió,—que te has curado muy poco de tus achaques románticos.
—En esta casa hay siempre una habitación para ti, y corazones, no lo dudes, César, que se interesan por tu felicidad,—dijo don Serapio queriendo enmendar las demasías de su señora.
—Ya lo veo,—contestó César con doble intención, mirando á su tía, y sobre todo á Enriqueta, que no desplegaba sus labios ni levantaba los ojos de la falda de su vestido.
—Y por cierto—prosiguió doña Sabina, resuelta á dar á su sobrino la última puñalada,—que si tardas un poquito más, te encuentras con dos habitaciones en vez de la que te ofrece la generosidad de tu tío.
—¿Cómo así, mi buena tía?
—Porque dentro de dos horas sale Enriqueta para Francia.
—¿Con usted acaso?
—No, señor: con su marido.
Y esto lo dijo doña Sabina recalcando mucho la última palabra.