—¡Con su marido!—exclamó Cesar aturdido, como si el suelo se abriera bajo sus pies.

—Con su marido,—insistió aquélla.

—Pero ¿desde cuándo le tiene?

—Desde esta mañana.

—¡Es posible eso?... digo, ¿es cierto, Enriqueta?—preguntó César dirigiéndose á su prima, y queriendo en vano dominar el dolor, la ira y el despecho que á la vez estaban atormentándole.

—Creí que tú lo sabías...—respondió Enriqueta con voz apenas inteligible.

—¡Que lo sabía yo! ¡Y te has casado esta mañana!

Al desencantado joven ya no le quedaba la menor duda de que ni la misma Enriqueta, cuyas protestas de eterno cariño conservaba él escritas en su corazón como un consuelo en sus tribulaciones, había guardado en su alma el más leve recuerdo del pobre huérfano arrojado de casa á merced de la suerte.

—Es de advertir, César—díjole don Serapio, quizá deseoso de disculpar su propia conducta,—que no sabemos de ti hace algunos meses, y que he tratado en vano de averiguar tu paradero.

Estas palabras sacaron al joven del estupor en que había caído.