—Cierto es—dijo,—que durante ese tiempo no he querido dar á usted noticias mías.

—Y ¿por qué has hecho eso?

—Porque en ese período de mi vida, la suerte ha puesto el colmo á sus rigores conmigo. Y para que no se atribuya á olvido ni á ingratitud lo que acaso es efecto de todo lo contrario, impondré á ustedes de los tristes sucesos que fueron causa de que se interrumpiese nuestra correspondencia.

Aquí relató cuanto ya sabe el lector sobre el robo de sus economías.

Enriqueta hubiera querido hallarse á cien leguas de allí cuando su primo se detenía á hablar de su vehemente afán de llegar pronto á ser algo, pues no se le ocultaba que este afán era hijo del propósito de merecerla... ¡á ella que tan dócil había sido para olvidarle, y tan fácil para entregarse, con una venda en los ojos, aunque con disculpas de sacrificio, á los azares de un porvenir dudoso en brazos de un desconocido!

Comparaba entonces la delicadeza, la hermosura de su primo, con las chocarrerías y el aspecto grosero y vulgar de su marido, y tal vez maldijo á la casualidad que no había traído á César doce horas antes á aquella casa.

Entre tanto, éste concluía así su relato:

—Llegado á Inglaterra, averigüé que, efectivamente, tenía aquel bribón, ya con otro nombre, un enorme caudal depositado en el Banco de Londres; pero no pude hacer valer mis reclamaciones ante aquellos tribunales. Incierto y desalentado en mis propósitos, reparé entonces que estaba á las puertas de mi patria. Parecióme muy duro alejarme nuevamente de ella sin verla y sin abrazar á mi familia, y aprovechando la salida de Londres de un vapor para este puerto, víneme en él. Ésta es la causa de mi presencia entre ustedes... Y por cierto que es lamentable que la casualidad no me haya traído algunas horas antes—y aquí cambió de tono, y dió á su fisonomía y á sus palabras una expresión bien marcada de ironía,—pues me ha privado de la dicha de ser testigo presencial de un acto tan solemne. Pero esto no obsta para que yo, aunque un poco tarde, felicite á ustedes cordialmente por el acontecimiento... porque no puedo menos de creer que mi prima habrá sabido elegir, con la sensatez que le es propia, un marido digno de ella.

—La elección de mi hija—exclamó airada y convulsa doña Sabina,—para ser acertada y digna, no necesita para nada el parecer del sobrino de mi marido.

—Si llegas una hora antes—dijo éste terciando en aquel altercado que no le hacía gracia en ningún concepto,—hubieras conocido aquí mismo á tu nuevo primo; pero le verás de un momento á otro, y espero que simpatizaréis. ¡Es un bendito de Dios!