En aquel instante se oyeron fuertes pisadas en el corredor adyacente.

—¡Aquí le tenemos ya!—exclamó don Serapio.

Y al abrirse la puerta de la habitación en que pasaba la escena, y aparecer la figura de don Romualdo, tornó á decir su flamante suegro:

—He aquí á mi yerno.

Volvióse César rápido para corresponder á la presentación de su tío; púsose enfrente de aquel hombre, y levantó los ojos para mirarle. Pero como si de repente hubiera recibido un balazo en el cráneo, dió dos pasos atrás; llevóse las manos á la cabeza, y exclamó tras un alarido espantoso:

—¡Dios de justicia!

Por su parte don Romualdo, al ver á César, sintió un estremecimiento que no pasó inadvertido para los circunstantes; pero muy dueño de sí mismo, ó siendo ó aparentando ser extraño á la causa de aquel arrebato, hízose el sorprendido y se limitó á preguntar de la manera más natural y sencilla:

—¿Se ha puesto malo este joven?

—Sin duda... así parece...—contestó doña Sabina hecha toda ojos y movimiento, y paseando sus miradas escrutadoras de su yerno á su sobrino, y viceversa.

Enriqueta, al oir el grito de César, se levantó aterrada de su asiento, y corrió instintivamente al lado de su padre, que se quedó como si viera visiones.