En el asiento que dejó vacío Enriqueta, cayó como desplomado César, á quien las piernas no podían sostener, y allí, hundida la cabeza entre sus manos, permaneció breve rato.

Durante él volvió á preguntar don Romualdo, perfectamente tranquilo, al observar el silencio en que había quedado la familia:

—Pero ¿qué sucede aquí? ¿qué es lo que pasa?

No obtuvo contestación, si, como tal, no le satisfizo un crucero de miradas que, como saetas, iban de César á él y de él á César, porque éste era el único que, según las trazas, podía responder á su pregunta.

Al fin se incorporó César, y después de pasarse las manos por los ojos, como si quisiera apartar de ellos funestas visiones, dijo con voz segura y firme, dirigiéndose respectivamente á don Romualdo y á su familia:

—Perdone usted... caballero, y ustedes perdónenme también. Los que vivimos bajo el peso constante de una preocupación, en cada sombra que pasa, en cada rostro nuevo que aparece á nuestra vista, creemos hallar algo que se relaciona con el objeto de nuestros afanes. Una vaga semejanza, una alucinación quizá, ha producido en mí este vértigo que no he podido dominar. Tengo, pues, el mayor gusto en conocer al elegido de mi prima, y doy á entrambos la más cordial enhorabuena.

—Un millón de gracias—respondió don Romualdo,—y á mi vez me felicito de conocer á usted, y me ofrezco á sus órdenes para cuanto guste y yo pueda y valga.

Y quiso estrechar la mano de César; pero éste, fuera casualidad ó estudio, le jugó la vuelta, dirigiéndose á su tío con otro vano cumplimiento.

—¡Ya decía yo!—exclamó entre tanto doña Sabina acercándose á Enriqueta con aire de triunfo.—¿No te parece, mujer, el mentecato de tu primo, qué lances tan pesados viene á provocar en nuestra casa? Fortuna que tu marido es un caballero; pues otro que lo fuera menos, le hubiera curado el vértigo con un bofetón.

Pero Enriqueta estaba muy lejos de oir á su madre, y acaso también de pensar como ella.