—Nos refería César hace un instante—dijo en esto don Serapio deseando disculpar más y más el arrebato de su sobrino,—cómo un bribón le había robado en Méjico, en pocas horas, el fruto de su trabajo de siete años; y naturalmente, estaba muy impresionado con el recuerdo de aquel lance en el preciso momento de llegar usted. El chico es nervioso y vehemente, se alucinó creyendo hallar ciertas semejanzas...
—¡Oh! lo comprendo muy bien—dijo don Romualdo, todo bondad y tolerancia.—Á mí me sucedió de pronto... es decir, me hubiera sucedido eso mismo en igual caso. ¿Y fué mucho lo que le robaron, joven?—preguntó de golpe y como condolido de la situación de César.
—Muchísimo para una persona como mi sobrino, que comenzaba á vivir—contestó don Serapio.—Según nos ha dicho, llega á treinta mil duros.
—¡Hombre, eso es una bicoca!—exclamó don Romualdo;—y es un dolor que por ella haya un desgraciado hoy en esta familia tan digna de ser feliz.
César, que no había querido contestar á la pregunta del indiano, recibió estas últimas palabras como una burla intolerable, á juzgar por la cara que puso al oirlas; pero don Romualdo, que no le perdía de vista un momento, lejos de resentirse de aquella actitud, añadió en seguida mirándole con elocuente fijeza:
—Mis palabras, señor don César, no son una baladronada: he dicho que no quiero verle desgraciado por la pérdida de esa pequeñez, y lo pruebo ofreciéndosela desde ahora... en nombre de su prima, si usted no la quiere en el mío.
Doña Sabina, que creyó ver á su sobrino caer de rodillas ante el hombre que tales rasgos usaba, sintió hervir su sangre de indignación al ver que César recibía la oferta generosa con rostro airado y las manos crispadas.
Don Serapio y Enriqueta iban de sorpresa en sorpresa, y no podían ó no querían explicarse lo que estaban viendo rato hacía.
—Y ¿en qué concepto me hace usted esa oferta, señor don... qué?
—Romualdo Esquilmo.