—Ea—añadió don Romualdo con el aire más campechano del mundo,—quédese aquí la historia, que no es cosa de moler con ella á quien no le interese. Pero como ya está picado mi amor propio y tengo más empeño que nunca en convencer á don César, le ruego que hablemos á solas unos instantes para conseguirlo... Porque lo he de conseguir, ó yo he de poder poco. ¡Jájájá!

—Eso me place,—dijo el joven como si le hubieran acertado su mayor deseo.

—Pues vamos al escritorio, que estará hoy de huelga, si el señor don Serapio lo consiente,—propuso el indiano, como si de intento buscase para la entrevista el rincón más apartado de la casa.

—Pues sea en el escritorio,—dijo don Serapio, tomando el lance por lo cómico y guiando á los dos interesados á la escalera secreta.

—Sea enhorabuena en el escritorio,—asintió César siguiendo al indiano y á su tío.

Y mientras los dos descendían al entresuelo, don Serapio se volvió al lado de su familia.

XVI

Fuera ofender gravemente la discreción del lector, decirle en serio que ni don Serapio, ni su mujer, ni su hija sospecharon cosa de importancia en todo lo ocurrido en su presencia entre el recién casado y el recién venido; que no hallaron más de un punto de enlace entre la historia referida por César, y todo lo ocurrido después entre éste y el indiano. Pero entre una sospecha, por vehemente que sea, y la realidad tangible, hay un abismo de dudas, de reflexiones y de consuelos; y si es la necesidad lo que obliga á dudar, á reflexionar y á consolarse, el abismo es todavía mayor. Á la exclamación de César al ver al indiano, se dijeron todos; «es indudable»; á las primeras palabras de don Romualdo, ya divergían los pareceres: según Enriqueta, no cabía duda; según su padre, había que ir observando; según su madre, no podía ser. Un poco más adelante, doña Sabina creía resueltamente que no; su marido, que no debían hacerse juicios á la ligera, y su hija huía de pensar en lo más malo, porque ya no tenía remedio. Cuando los tres se quedaron solos y en silencio, Enriqueta era la única que verdaderamente temblaba por lo porvenir... «si llegaban á realizarse sus sospechas»; pero en la joven había un motivo especial de alarmas y zozobras: la presencia súbita de César en la casa, que sobre mortificarle la conciencia no poco, hacía resaltar á sus ojos, en enormes proporciones, los defectos de su marido. Fuera de esto, quizá se hubiera ido consolando poco á poco con la reflexión de que hasta entonces no resultaba, real y positivo, más que un hombre muy rico, muy estimado de todos los capitalistas de la plaza, que salvaba la casa, poco antes en quiebra, y que brindaba á la familia con un porvenir de abundancia y, por consiguiente, de felicidad; reflexión que se habían hecho ya su padre y su madre.

Mientras esta gradación siguieron las reflexiones de los susodichos tres personajes de esta historia, colocados, como tres estatuas del silencio, en tres rincones de la sala, pasaba en el escritorio, entre César y don Romualdo, lo que á saber va el lector, muy en reserva, por ser asunto delicado.

Digo, pues, que no bien hubieron los dos llegado al entresuelo, se abalanzó César sobre don Romualdo, y asiéndole de las solapas de la levita, díjole en voz ronca, pero terrible: