—¡Ladrón, infame, bandido!... He corrido medio mundo por hallarte; pero yo sólo quería pedirte lo que me has robado. ¿Con qué restituyes hoy el honor que también robas á mi familia? ¿Con qué lavará ésta la ignominia de haberte admitido en su seno? ¿Qué mal espíritu te aconsejó este rumbo? ¿Qué tenías que hacer en esta tierra que jamás produjo afrentas como tú?

—Poco á poco, caballerito—respondió el apostrofado trocando la melosidad del acento americano con que le conocimos, por otro más brusco y un tanto siniestro;—y entienda, por de pronto, que á mí no me asustan bravos. Quiero decir, que se haga dos pasos atrás y tome el asunto más en calma, si hemos de entendernos.

—¿Qué inteligencia puede caber entre un miserable y un hombre honrado?—dijo César alejando de sí con un empellón á don Romualdo, que recibió la agresión con la mayor frescura, limitándose á contestar:

—Pues es preciso que nos entendamos, y nos entenderemos.

—¡Jamás!

—Vaya, joven, un poquito de calma, y concluimos en dos palabras. Empiezo por declarar que le soy á usted deudor de treinta mil pesos, y hasta le añadiré que maldita la falta me hacían cuando se los tomé.

—¡Infame!

—Es la verdad, créame ó no me crea. Con la irreflexión propia de la edad, se confiaba usted demasiado al primero que quería escucharle, y sin poderlo remediar supe yo de sus mismos labios una vez lo que usted tenía, lo que usted anhelaba y lo que le prometían desde la Habana en punto á ocasiones de prosperar; después cayó en mis manos una de estas cartas, que sin duda se olvidó usted bajo la mesa del café á que concurría. Dibujo bastante bien; tentóme el demonio y escribí otras dos con la misma letra, aunque con distinto asunto; hice que pusieran la una en el correo en la Habana, y quedéme yo con la otra para entregársela á usted á la mano.

—¡Y lo confiesa el bribón, sin avergonzarse!

—¡Qué quiere usted! soy ingenuo por naturaleza.