—Pero ¿cómo pude yo nunca contarte entre las personas de mi confianza?

—Ocupando yo la mesa contigua á la en que ustedes hablaban.

—Y ¿cómo te desconocí cuando fuiste á robarme, bandido?

—Y ¿cómo se imagina usted que un hombre como yo, que se precia de esmerado y fino, había de ir á tratar de negocios importantes con una persona decente, en el mismo traje que usaba en el café, y sin afeitarse la barba, teñirse las canas y dar á su cuerpo y á su voz cierto aire de distinción?... Pero dejando aparte todos éstos y otros pormenores que no tienen otro objeto que demostrar á usted que no siempre el agravio es culpa del agresor, sino de las tentaciones que le ofrece el agraviado, declárole á usted también que en aquella fecha sólo apetecía yo la estimación de los hombres honrados, y me ocupaba en elegir un punto de la tierra donde pasar el resto de mi vida reparando algunas faltillas viejas á fuerza de beneficios. El éxito de aquel negocio trastornó por entonces mis proyectos; viajé algún tiempo sin rumbo fijo, y sabiendo por informes que en este rincón del globo se consagraba al dinero un culto fanático, víneme á habitar en él. ¡Mal podía yo sospechar que era la patria de usted! Fuí recibido como un príncipe en su corte; mis lujos y mis dispendios eran la admiración de todos. Solicitáronme los ricos y me adoraron los pobres. Traté á los unos y á los otros, y conocí por primera vez el placer inmenso de ser estimado en las sociedades honradas y de enjugar las lágrimas con beneficios.

—Sin embargo, cometiste todavía el crimen de deshonrar una de esas familias entrando á formar parte de ella.

—Todas las del pueblo se disputaron esa deshonra. La única mujer que se mostró esquiva á mis galanteos, fué Enriqueta. Por eso la solicité. Dije lo que era, no me preguntaron lo que había sido... y me casé. Cualquiera en mi lugar hubiera hecho otro tanto.

César sintió estas palabras como fuego que le inflamara el rostro y acero que le traspasara el corazón: eran la evidente prueba de la deslealtad y loca ambición de su prima, de la repugnante sed de oro de su madre, y de la ya criminal falta de carácter de su padre.

—Cuando me hallé enfrente de usted—prosiguió don Romualdo,—creí que un abismo me tragaba.

—¡La conciencia que te mordía, miserable!

—Nada de eso. Creí que usted, dejándose llevar de su ira, iba á descubrirlo todo...