—Ése debió ser tu primer castigo, antes de entregarte á los tribunales de justicia. Pero ¿cómo castigarte á ti sin cubrir de afrenta á mi familia?

—Esa reflexión me hice yo al momento.

—Y ésa te ha salvado, infame.

—Lo cual no impide que yo agradezca mucho esos miramientos, pues sin ellos se hubiera producido un escándalo inútil.

—¡Inútil!

—Sí, porque estando yo dispuesto desde luego á reconocer la deuda, y siendo imposible desatar lo que ató el cura esta mañana, ¿á qué conduciría el escándalo?

—¡Á desenmascararte; á que la justicia te castigara!

—Tampoco se conseguiría eso. Romualdo Esquilmo no tiene nada que ver con Cleofás Araña.

—Ni éste con el mallorquín de California, ni con el salteador de conductas. ¿No es eso?

—Muy enterado está usted de ciertas aventuras—dijo el bribón con la mayor serenidad.—Pero con ellas y todo, insisto en lo dicho, y añado que pude impunemente resistirme á reconocer la deuda, pues carece usted de comprobantes.