—¡Los tengo!

—De don Cleofás Araña, no de don Romualdo Esquilmo; y tampoco estamos en Méjico ahora.

—¿Es decir, que todo lo has previsto?

—Naturalmente. Pero ya ve usted que no abuso de mis ventajas. Al contrario, reconozco, como ya he dicho, la deuda y quiero pagarla ahora mismo, hasta con el premio que merezca la delicadeza que le inspiró la idea de desconocerme delante de mi nueva familia... Porque no quiero ocultárselo á usted, créame ó no me crea: desde que frecuento esta casa, parece que mi alma se ha purificado; me encuentro con fuerzas para ser bueno, y aspiro á serlo, y lo seré. Por eso temblaba cuando temí que usted se dejara llevar de su primer arrebato; por eso bendigo los miramientos que lo impidieron; por eso, en fin, le ruego, aunque sea de rodillas, que acepte... lo que le debo, y me deje seguir en paz el camino de las reparaciones, y tal vez de la felicidad, que he emprendido.

—El dinero que se roba no puede hacer nunca la felicidad del ladrón.

—Se roba de mil maneras, señor mío; y ladrones conozco yo muy felices y muy respetados. El comercio, la industria y hasta la política, están llenos de ellos. Verdad es que roban á mansalva.

—Ladrones son al cabo.

—Y reconocidos por tales, lo cual no obsta para que se les cargue de cruces y veneras. Sin embargo, todavía les llevo yo la ventaja de reconocer las deudas y pagarlas, como la de usted.

—Y si las pagaras todas, ¿qué te quedaría, bandido?

—Mucho, señor don César; porque yo soy inmensamente rico, y, créame usted, no todo es mal adquirido.