—Eso, á Dios que te conoce. En cuanto á lo que á mí me robaste, entiéndelo de una vez, lo quiero y te lo exijo á todo trance; lo que no quiero es que, al recibirlo yo, crea nadie que se me da una limosna.

—Hay un modo muy fácil de conseguirlo, y por eso quise que nos viéramos á solas. Cuando subamos al piso, diré que no he podido convencerle á usted; pero entre tanto, le entrego aquí, de mano á mano, su caudal.

Dijo don Romualdo, y sacando de un bolsillo interior de su levita una cartera enorme, la abrió. Estaba llena de billetes del Banco de Londres.

—Yo voy siempre bien provisto—prosiguió,—por lo que pueda tronar; y amén de lo que todo el mundo puede ver en la cartera que guardo en otro bolsillo, llevo en esta otra un caudal de consideración en papel que es moneda corriente en medio mundo.

Contó luego hasta treinta y cinco mil duros, y se los entregó á César diciéndole:

—Ahí está mi deuda, con réditos y todo.

Pero César retiró los cinco mil, y recogió la restante.

—Esto es lo mío,—dijo examinando los billetes uno á uno.

—¡Oh! no son falsos: puede usted tomarlos con toda confianza.

—La tengo porque los conozco, no por la garantía que me ofrece con su palabra el ladrón que me los devuelve.