Después sacó el resguardo que conservaba de la misma cantidad, extendido y firmado por don Cleofás Araña, y se lo entregó á don Romualdo.

—Ése es el comprobante de tu delito.

—Del de Cleofás Araña, dirá usted.

—Tanto monta.

—Hay, sin embargo, del uno al otro, treinta mil duros de diferencia en favor de usted.

—Pero no hay más que un solo ladrón, que es el que desgraciadamente ha caído en mis manos.

—¡Desgraciadamente!... No comprendo...

—Porque villanos como tú no pueden concebir que un hombre honrado prefiera el ignorar toda la vida el paradero de quien le hubiere robado su fortuna, á encontrarle como yo te encuentro á ti.

—Muy afortunadamente, por cierto.

—Pero deshonrando á mi familia y sin poder castigarte.