—Creo—dijo el aludido, como si empezara á formalizarse, y quemando al mismo tiempo con una cerilla el papel que le entregó César,—que hemos concluido nuestro pleito. Le debía á usted, le pago, y estamos en paz. Por lo que hace á mi conciencia, dejémosla en su puesto, como la de cada uno; y pues ya le di amplias satisfacciones en lo que le competía, cese de meterse en lo que no le importa y corre de mi sola cuenta.

César, al oir esto, maldijo de nuevo á la casualidad que ataba sus brazos y su lengua.

—No es tuya toda la culpa de esta afrenta—dijo con amargura,—y eso te salva. ¡Que salve Dios de ella á los que la aceptan por un puñado de oro!

Y esto dicho, encaminóse á la escalera, siguiéndole don Romualdo al instante.

Al llegar al piso donde esperaba la familia en la misma postura en que había quedado al bajar ellos, dijo el flamante marido en el tono más jacarandoso y americano que pudo:

—Pues, señor, este chico es una virtud de bronce.

—Luego ¿no se ha convencido?—preguntó don Serapio.

—No, señor—contestó César de la manera más rotunda;—y como tampoco quiero que vuelva á suscitarse la ridícula porfía de que yo reciba una limosna, y tengo mucho que hacer, porque salgo para Madrid mañana de madrugada, vuélvome al vapor á recoger mi equipaje, y me despido de ustedes reiterándoles mis felicitaciones.

Dió después un abrazo á su tío; saludó á los restantes personajes con una fría reverencia, y salió.

Don Romualdo comenzó entonces á pintar á su modo la entereza del joven; y mientras doña Sabina le acosaba á preguntas y escuchaba las respuestas don Serapio, deslizóse Enriqueta como una sombra y cerró el paso á su primo, cerca ya de la escalera.