—César—le dijo con ansia,—¿qué pasa aquí?

—¿Y me lo preguntas á mí, ingrata?

—¡Ingrata! eso no, César; y para probártelo, escúchame un instante. Yo te esperaba siempre; tú no venías; se presentó ese hombre; me repugnó; la casa de tu tío estaba á punto de arruinarse; me puso mamá en la necesidad de elegir entre esta ruina ó aceptar la mano del que podía salvar de la miseria á toda la familia;... sin más reflexión, cedí ofuscada... ¡César, todo esto me parece un sueño! Pero...

—Ni una palabra más, Enriqueta—exclamó César conteniendo á su prima y mirándola con elocuente fijeza.—En la situación en que te hallo, sólo á Dios, que conoce tu corazón, cumple juzgarte. Que Él te juzgue, pues; y si lo mereces, te castigue con aquello mismo que, sólo bajo su omnipotencia, puede hacer tu felicidad.

Entre tanto, si lo que te pasa te parece, como dices, un sueño, pide al cielo que jamás despiertes.

Dijo, abrió la puerta de la escalera y desapareció por ella.

XVII

Dos horas después salía del puerto el vapor que conducía á los recién casados á Francia.

Al despedirse don Romualdo de su suegra, la había dicho al oído:

—Sépase usted que los aceptó.