Por lo común, se las halla, hechas un racimo y envueltas en transparente bata, sentadas en el mirador.

En esta ocasión y en otras varias del día, nunca les falta en la acera de enfrente una guardia de honor, compuesta de los arrapiezos más encanijados y escrofulosos, pero á la vez más principales, que haya en la población. Allí, los inocentes, se pasan las horas muertas retorciéndose la inverosímil guía del incipiente bigote; exhibiendo, á fuerza de disimuladas contracciones de muñeca, los puños de la camisa; esgrimiendo las solapas de la levita para que se destaque en todo su desarrollo la curva del robusto pecho, y haciendo, en fin, cuantas evoluciones y habilidades pudiera una bestezuela amaestrada por diestro gitano para seducir al incauto feriante.

Ya hemos dicho que las de Cascajares no son bellas; pero que son distinguidas, categoría inventada en estos tiempos democráticos para colocar en ella todo lo que no es vulgo, sin ser aristocracia, no por la sangre, sino por el aire.

El efecto de esta distinción se deja conocer en el pueblo inmediatamente. En esos días es cuando se tropieza uno con alguna indígena que lleva sobre su cuerpo cierta cosa rara que llama nuestra atención: verbigracia, un moño encima de los riñones, un pispajo de tul en el cogote, el pelo echado sobre los ojos, ó medio vestido azul y medio de color de canario, collar de rollos de canela, ó pendientes de melocotón... cualquiera extravagancia por el estilo.

Si tenemos franqueza para tanto, y la preguntamos, deteniéndola en la calle, qué es aquello, nos responderá sorprendida:

—¿No le hace á usted gracia?

—Maldita.

—¡Oh! pues lo llevan mucho las de Cascajares y en Madrid hace furor.

—¡Hola!

—¿No le gustan á usted esas chicas?