—¿Quiénes?

—Las de Cascajares.

—La verdad es que no me han llamado la atención...

—¡Oh! pues son muy distinguidas.

Y no es otra, lector, la razón de que muchos arreos femeniles que te parecen espanta-pájaros por esas calles de Dios, se consideren, entre las gentes de «buena sociedad», como modelos de gracia y bien caer.

¡Lo llevaban las de Cascajares!

Y es de advertir que entre los hombres que se pagan mucho del adorno exterior, sucede lo propio. Tienen también sus Cascajares distinguidos que les hacen zambullirse en unas bragas descomunales; ú oprimir el busto entre las láminas de una levita sin solapas, sin faldones, y hasta sin paño; ó la mollera en un cilindro sin alas, ó en unas alas sin cilindro.

Volviendo á las de Cascajares, añado que asisten á los bailes campestres, muy elegantes, pero con mal gesto; bailan poco, ó no bailan nada. Son las últimas que llegan al salón, y las primeras que se retiran de él.

Y como son tan distinguidas, suspiran muy á menudo por aquel «Biarritz de su alma», donde todo es chic y confortable. En cuanto á Santander, «no las hace felices».

El diplomático dice «amén» á todos los discursos de sus hermanas, y no se separa de ellas en todo el día. Es autoridad de peso en asuntos de moños y vestidos; y en el ramo de modas en general, bastante más entendido que en los protocolos de la secretaría de su cargo.