Por lo que hace al otro Cascajares, se levanta á las dos de la tarde, come á las seis, se va á la ruleta, si la hay, ó á la timbirimba más fuerte, que sí la habrá, y no vuelve á casa hasta las tres de la mañana, viendo siempre las estrellas, aunque el cielo esté nublado, porque es de advertir que tropieza mucho en el camino.

En cambio, su papá no tiene más afán que pasear solo por el Alta; y como se acuesta temprano y madruga mucho, no ve á su familia más que á las horas de comer. Sabe que está sin la menor novedad en su importante salud, y no se mete en otras honduras. Lo mismo hace en Madrid.

Y llega á la mitad el mes de Septiembre, y vuelven á empaquetar los equipajes; y después de haber pagado diez visitas de las veinte que deben, tórnanse á Madrid las de Cascajares, llevándose las maldiciones de las diez familias con quienes quedan en descubierto, y dejando en cambio el recuerdo de su distinción entre las señoras pudientes, que las imitan en cuanto les es dable, así en el vestir como en el andar, y entre algunas inocentes cursis, que sudan y se desgañitan por remedar sus frescas y turgentes sedas, con marchitos tafetanes y engomadas percalinas.

LOS DE BECERRIL

Dos taleguillos blancos llenos de ropa de muda, unas alforjas atacadas de chorizos y garbanzos, y un paraguas. Este es el equipaje de cada familia al meterse en el tren en la estación más próxima.

Cuando se apean en Santander, el padre carga con las alforjas, amén de la capa, que también se echa al hombro; la madre con un taleguillo y la criatura que amamanta; una jovenzuela, con el otro talego, y un rapaz de doce años, con el paraguas.

Vienen á Santander porque el padre tiene dúlceras en las piernas, y dúlceras en el cuadril de la derecha; la madre, desde el último parto, «añudados los gonces» de la rodilla izquierda; el mamoncillo no puede echar los últimos dientes «de por sí solo»; la jovenzuela ha cumplido ya quince años y está pálida como la cera, y el rapaz, que va para doce, tiene los labios como un embudo, el cuello como un botijo, y le salen ya los lamparones por detrás de las orejas.

Por consejo del médico de Becerril de Campos, vienen á tomar los baños de mar, porque éstos han de curar todas y cada una de las dolencias enumeradas.

Con estas esperanzas y aquel equipaje, y en el orden de formación en que hemos ido citándolos, llegan á la Dársena y echan Muelle adelante con el asombro pintado en los ojos y en la boca.