El molinete que suena; el vapor que cruza la bahía; el ligero esquife que se desliza sobre las aguas, como la golondrina en el espacio; la sardinera que grita su mercancía; el coche que pasa rápido; el carretero que aturde la vecindad con las blasfemias de costumbre; el marcial arreo y las infantiles galas; sedas, tules, libreas y levitas, chaquetas y manteos... Todo esto junto y revuelto, casi en torbellino, que es lo primero con que tropiezan los ojos del viajero que desde la estación del ferrocarril se lanza, de sopetón, al Muelle en una tarde de verano, aturde y deslumbra con sobrado motivo al sedentario y patriarcal lugareño de tierra de Campos.

Pero el coche, y «los señores», y el soldado, y «las damiselas», todo, en fin, lo que es terrestre, cabe perfectamente en las presunciones de los de Becerril, y luego dejan de admirarlo. Lo que realmente los fascina por de pronto, y acaba por atontarlos, es «lo marítimo». Les faltan ojos para contemplarlo y hasta narices para olerlo.

—¡Míales, míales, hijo!—vocea la madre.—¿No te lo ecía yo?... Más altos son los palos que el campanario del pueblo.

—¡Pus anda—añade el padre,—con el otro que va río abajo! Mal rayo me parta si no ahúma como si llevara los demonios aentro. ¿Qué tié que ver el tren con esto! ¡Pus ávate con el barquillico que lleva á la zaga!...

—Será la cría, padre,—grita el rapaz.

—Puá que, hijo: no te diré yo que no lo sea.

—Y toas éstas que están arrimaícas aquí lo paecen tamién... ¡Cristo, cuánta barca!... y allá va una cargá de cubetos... ¿Y dende esta orillica se pescará el fresco?

—¡Otra con el inocente! Eso se pesca en alta mar, borrico.

—¿Pues no es esto la alta mar?

—¡Anda si qué! ¿Pus no oístes á aquel señor que venía en el tren á la vera de tu madre, que esto es el puerto? ¡Qué tié cacer esto pa-onde está la alta mar!