—Y ¿ónde está esa mar?
—En cuantico alleguemos á casa, dí que se ve de golpe.
Y en éstas y otras por el estilo, admirando acá, exclamando allá, parándose aquí, retrocediendo en el otro lado, preguntando á este «caballero» y á la otra «buena mujer», llegan á Miranda, en el cual barrio tienen apalabrada una habitación que les ha buscado otra familia castellana que les precedió en el viaje.
Al ver el mar desde aquellas alturas, los padres se atolondran y los hijos se estremecen, considerando que al día siguiente han de meterse todos ellos en tales honduras.
Como el barrio de Miranda es el que eligen siempre los castellanos, por la doble razón de economía y de proximidad á la playa, tienen ocasión los nuestros de hacer rancho en la misma casa en que viven, con otros paisanos instalados en ella también. De todas maneras—y por eso traen las alforjas llenas de provisiones,—siempre «se ajustan» sin la comida.
El primer baño no le toman sin grandes recelos, sobresaltos y serias meditaciones: los chicos lloran y los grandes tiemblan de miedo, mucho antes de temblar de frío; pero, al cabo, bien agarrados éstos á las cuerdas, y á empellones los muchachos, van entrando todos poco á poco, hasta que, después de acurrucados, les llega el agua al pescuezo. Es decir, que se quedan á la orilla, donde, al romper las olas, tras de machacarles los cuerpos como mazos de batán, les hacen sorber la arena á carretadas.
En la misma guisa que salieron del tren, exceptuando el detalle de las alforjas, van al baño y vuelven de él: con la propia capa el hombre, las mujeres con los talegos y la criatura, y el rapaz con el paraguas. La capa para arroparse, el paraguas para quitarse el sol el de los lamparones, y los taleguillos para guardar la ropa del baño.
Catorce de á media hora recetó á cada uno el médico de Becerril; pero ellos, que traen muy contado el tiempo y el dinero, toman dos cada día, y así despachan en una semana, cuando no en media, echándose en remojo una hora por la tarde y otra por la mañana.
Siempre que no están en el baño, ó comiendo, ó durmiendo la clásica siesta, se los halla recorriendo las alturas de la costa, metiendo la cabeza en todas las grutas y rendijas de las peñas, y preferentemente escarbando los arenales para acopiar pelegrinas y caracolillos, por las cuales baratijas se perecen.
Antes de volverse á Becerril, ó á Frómista, ó á Amusco, al pueblo, en fin, de Castilla del cual procedan, bajan dos veces á la ciudad: una para verla y comprar á la chica unas arracadas de cascaritas, y otra para visitar, por adentro, un vapor-correo, y, si le hubiere en el puerto, «un barco de Rey».