Y en efecto: si un oído indiscreto se acerca entonces al grupo, percibirá éstas ú otras semejantes palabras, dichas en tono campanudo y resonante:
—Porque, señores: los hombres que hemos adquirido la experiencia del gobierno con amargos desengaños, debemos al país toda la verdad, todo el esfuerzo de nuestro patriotismo acrisolado. Por eso, si en el Parlamento, como la Europa ha visto, fuí implacable con los hombres de la situación, lo fuí mucho más, lo estoy siendo todos los días, en el terreno de mis personales relaciones con todos ellos. Momentos antes de salir de Madrid, decía yo al presidente del Consejo de Ministros:—«Ésa que ustedes siguen es una política de aventuras; y ciegos están si no ven que con ella está el país al borde de un abismo... El país no quiere utopías: el país quiere hechos prácticos; el país quiere reformas tangibles y beneficiosas; el país quiere economías positivas; y ustedes, para corresponder á sus justos anhelos, le dan la dictadura en hacienda, el caos en la política y el desconcierto en todo».
—¡Bravo!—exclamará aquí uno de los oyentes que más arriman los asombrados ojos á los crespos bigotes del orador.—Y él, ¿qué le respondió á usted?
—¿Qué me respondió?—replicará Su Excelencia mirando al interpelante como si fuera á tragársele, y recorriendo luego el grupo con la vista airada, haciéndole desear por un buen rato la respuesta.—Lo de siempre: que el estado del país; que el desbarajuste de las pasadas administraciones; que los compromisos contraídos; que la demagogia; que la revolución latente; que la necesidad de cimentar las instituciones... ¡Farsa, señores, farsa todo!
—¡Pues es claro!—responderá el coro.
Y el orador, después de pasear otra vez la vista por los circunstantes, sin añadir una sola palabra, erguirá la cerviz, fruncirá el ceño y continuará su paseo.
Y así hasta el infinito.
Por la noche, aquellos mismos complacientes y complacidos caballeros le acompañan al Círculo de Recreo; y dicho se está que le llevan, medio en triunfo, al salón del Senado, venerable mansión donde, al revés de la cárcel del mísero Cervantes, «toda comodidad tiene su asiento y ni el más leve ruido hace su habitación».
Allí se levantan los más autorizados señores al ver al recién llegado; cédenle la poltrona presidencial, y, alargando tirios y troyanos el pescuezo y los hocicos (intentique ora tenebant, que dijo el otro), dispónense á escuchar, sin perder sílaba, la quincuagésima octava variante sobre el consabido tema...
Que sigue y se reproduce también en el camino del Sardinero, que gusta Su Excelencia de recorrer á pie, muy á menudo.