Y así va deslizando la temporada, salpimentando sus solaces con tal cual visita á este ó al otro personaje que veranea en la playa, ó pasa de largo para el extranjero.

Al fin del verano se le lleva un día á ver el Instituto, y otro á la Farola de Cueto, que, á lo que parece, es todo lo monumental que aquí tenemos, digno de que lo vean esos señores; y hasta el año que viene, si para entonces no está Su Excelencia en candelero... ó en las Marianas, que de todo se ha visto.

Cuando el personaje montó en el coche que le llevó á visitar la Farola, se notó que le acompañaba una señora, sobrado vulgar de aspecto y nada joven, por las trazas. Aquella señora era la suya, y entonces se la vió en público por primera vez.

Extrañó mucho la gente reparona que un señor de tal fachada y de tantos requilorios, hubiera elegido una compañera de tan vulgar modelo.

Pero estos reparones no reparan en que los hombres no nacen para ser personajes, como los príncipes para ser reyes; y así les sucede á muchos lo que al cosaco Kalmuff, que «como no esperaba llegar á sargento, descuidó un poco la letra»; es decir, que como al verse abogados sin pleitos, ó temporeros de una modesta tesorería de provincia, ó alféreces de reemplazo, no pudieron soñar que el viento de una revolución ó los caprichos de la fortuna los colocasen en las mayores alturas del presupuesto, no se les ocurrió entonces tomar una señora de majestuoso porte, para reflejar en ella en el día de la apoteosis los relumbrones del oficio.

Mas á esto dicen también las gentes que en España todos los hombres, en cuanto llegan á serlo, debieran prepararse para lo más grave, porque parece ser, y varios hechos lo atestiguan, que, por una rara excepción de la naturaleza, todos los españoles servimos para todo.

LAS INTERESANTÍSIMAS SEÑORAS

Generalmente son dos: rubia la una, morena la otra; pero esbeltas y garridas mozas ambas. Arrastran las sedas y los tules como una tempestad las hojas de otoño. De aquí que unos las crean elegantísimas, y otros charras y amaneradas. Pero lo cierto es que los otros y los unos se detienen para verlas pasar, y las ceden media calle, como cuando pasa el rey.