—Vamos, afeita usted por recreo.
—Hágase usted cuenta que sí; porque lo que sucede es de que al saberse que yo había venido, me solicitó el maestro; y yo, por hacerle un favor...
—Ya lo comprendo.
—Como á mí, en dejándome tiempo para bañarme, una hora para el café y otras dos para ir con los amigos al paseo, no me hace falta el resto del día...
—¿Y todos los años viene usted á bañarse aquí?
—No, señor. Ésta es la primera vez; pero otros amigos de mi arte han venido otros veranos, y me han hablado muy bien de este pueblo. Lo demás, yo siempre he salido á San Sebastián. Hay muy buena sociedad allí.
—¿De modo que usted no piensa quedarse todo el año en esta barbería?
—¡Qué ha dicho usted! ¡Dejar yo aquel Madrí... Madrí de mi alma!... Desengáñese usted, cabayero: nosotros, los artistas, acostumbrados á aquel mundo, no servimos para provincias.
—Según eso, nacería usted allí.
—Naturalmente, cabayero.