—Parece que le trata usted con mucha confianza.
—Muchísima. Cuando salí de Madrí quedaba él dando las últimas plumeadas á un libro muy bonito que va á publicar en seguida.
—Se le leería á usted.
—Porque yo no quise que se molestara, no me le leyó; pero hablamos de él, así, por encima.
—Vamos, le gustará su parecer de usted.
—Aunque yo no debiera decirlo... ¿No ve usted que no se riza con nadie más que conmigo?
—Es extraño eso; porque yo juraría que gasta el pelo rapado.
—Efectivamente; pero yo me refería á la barba.
—Siempre se la vi afeitada.
—Pues se la afeito yo, cabayero.