—¡Ah, ya!
—Y la misma intimidad tengo con Adelardo Ayala. Pues ¿y con Campoamor?... El primero que le dió la mano cuando se echó el último dracma suyo, fuí yo.—«Gracias, chico, me dijo, y créete que estimo tu enhorabuena como la mejor».
—De modo que trata usted á toda la literatura por debajo de la pata.
—Hágase usted cuenta que á toda... ¡Qué chicos! Tienen la gracia de Dios... Pues ahí está Lagartijo, que dice en el Imperial á voz en cuello que la tarde que no estoy yo en la plaza no sabe dar un volapié. ¡Ése sí que tiene sombra!
—¿El Imperial?
—No, señor, Lagartijo... Así decimos en Madrí... Cosas de esos chicos del Gil Blas. Aquí, en provincias, tiene uno que mirarse mucho para hablar, porque en seguida se escama la gente...
—Ya ve usted, la ignorancia...
—Es natural; porque no están, como uno, al tanto de las cosas del día... pero allí, aunque no se quiera, hay que estruirse... Misté, cabayero: yo estoy todo el año en la peluquería de Prats, que es la mejor de Madrí. Allí el literato, allí el músico, allí el diputado... Para que usted vea: ocho días antes que Salaverría leyera en las Cortes los presupuestos últimos, sabía yo todo aquello del recargo que tanto dió que hablar. Lo mismo me sucedió con lo de los fueros. Así es que yo tengo á montones las papeletas para las trebunas de orden; y si no voy á todas las sesiones, es porque, para mí, todo lo que no sea hablar Emilio ó Roque Barcia...
—De modo que es usted de los que llaman «de la cáscara amarga».
—¡Pues ahí verá usted!... No, señor. Por de pronto, yo no soy ya hombre de opinión, porque los desengaños me han hecho ateo en política; pero, de estar por alguno, más bien estoy por los de guante blanco, que, al cabo, se peinan y se afeitan, y son, como el otro que dice, parroquianos de uno. Es que esos oradores yo no sé que tienen para mí: bien séase que no los entiendo, ó que lo dicen con cierto... Vamos, ello es que me llevan detrás, como si me dechizaran... Aquí, en provincias, estarán ustedes poco al tanto de esas cosas.