—Tan guapamente... quiero decir, salvo el sobrehueso del don Atanasio, que no le deja moverse de la silla cuatro años hace.
—Eso es lo peor. Y usted, á lo que parece, ¿se ha venido por ahí á veranear?
—No fuera malo, señor mío. Por ese solo placer quedárame en casa, que los tiempos no están para moverse de ella. Vengo, créalo usted, por la necesidad que tengo de tomar los baños.
—¿Y ya está usted instalado?
—Sí, señor: ahí paro en cá de un paisano, en Santa Clara. Mucha bestia, mucha mosca y bastante ruido hay; pero como dicen que el olor de la cuadra es bueno para el pecho, no me pesa haber encontrado eso. Yo mejor querría un parador con vistas á la mar alta; pero ¡mire usted que llegué á dar hasta doce reales por un cuarto en el Sardinero, y el demontres del posaero se me echó á reir! Conque volvíme ahumando á la ciudad, donde pago medio duro. Le digo á usted que la vida cuesta aquí un sentido. Pero la pícara necesidad de los baños...
—Pues, hombre, el semblante de usted revela mucha salud.
—¡Calle usted, por Dios, que estoy hecho una carraca vieja!... Como que si en este mar no la compongo, no me queda más remedio que la huesera...
—¿Ha tomado usted ya algún baño?
—¡Si llegué ayer, de tardecita; y en un carricoche fuí al Sardinero, y en el mismo me volví, ya de noche, cuando vi lo caro que andaba por allí el hospedaje! Ahora vuelvo allá á enterarme de lo tocante al baño; porque pensar que me he de meter yo en lo que no conozco, siquiera de oídas, es pensar los imposibles. Conque, si ustedes no mandan otra cosa, me alegro de verlos tan buenos, reconózcanme por un servidor, y hasta otro día, que algunos he de volver, si Dios quiere y la salud me lo permite.
—Muchísimas gracias, y que aprovechen los baños.