—¡Es raro eso, hombre!
—¿Por qué?
—Porque no hallo concomitancia... Si el susto le hubiera cogido algún tiempo después...
—Es que yo soy sietemesino.
—¡Vamos! Eso ya varía de especie.
—Pues sí, señor: se escapó un novillo que se había de correr aquella misma tarde en la plaza, y arremetió á mi padre en el momento de salir de la iglesia con mi madre, después de casados. Mi madre se desmayó al verlo, vino gente, salvaron á mi padre como de milagro, recogieron á mi madre; y sobre si tuviste tú la culpa ó la tuve yo, armóse después en el pueblo una de palos que el mundo ardía. Mi madre tardó en volver en sí, pero no echó el susto del cuerpo en mucho tiempo; y puede asegurarse que en todo el embarazo no fué ya mujer: un soponcio le iba y otro le venía. De resultas de todo esto, nací yo hecho una miseria, y hágase usted la cuenta que el verme vivo á los siete años le costó á mi padre un sentido. El ruido de una puerta me tumbaba en el suelo; el aire me hacía toser; con el frío, sabañones; con el calor, agonías; con el agua fresca, pasmos; con la templada, vómitos... en fin, que llegué de milagro á los diez y ocho años. Á esa edad me entoné un poco ya; y como quedé huérfano y tuve que atender á mis haciendas, el trabajo y la distracción me arreglaron el cuerpo algo más, y así estoy; pero, créame usted, aborrecido de cambiar de médicos y de medicinas. Tan pronto que baños calientes de esta clase; tan pronto que de la otra; tan pronto que los de río; hoy que friegas, y mañana que restregones; hasta que un médico de regimiento que pasó por el pueblo y que venía recomendado á un amigo mío, me aconsejó que tomara los baños de mar... y aquí me tiene usted.
—Bien está; pero todavía no me ha dicho usted qué dolencia es la que principalmente le aflige.
—Pues todas esas de que le he hablado.
—¿Cuáles?
—Mire usted, por de pronto, el estómago.